Mosqueteros de Yehovah

Cantar de los Cantares Capítulo 8

Versos del 1 al 4

Suspiros. La mujer herida por el Amor ha soñado hasta la pesadilla. Una y otra vez ha repetido el deseo de que sus compañeras no sufran la misma herida intolerable que ella lleva consigo desde que fuera herida.

Ya que este pastor es tan inaccesible, no se deja encontrar, que permitan a la mujer herida al menos suspirar.

Si su amado fuera su hermano, amamantado por la misma madre, al menos podría besarlo en público.

Y nadie le diría nada. Ya en la intimidad de la alcoba materna, le daría a beber el vino de los granados y ella experimentaría la ternura del abrazo amoroso.

Pero éstos son suspiros, tan sólo suspiros, que no curan la herida, aunque sirvan de desahogo. El estribillo deja la herida al descubierto ¿Cuándo conocerá sosiego el dolor de amor? Esta canción queda abierta a la siguiente.

Versos del 5 al 7

Teofanía de Amor. Estamos en la escena cumbre. A lo largo del libro ha venido sonando esta pregunta implícita: ¿A quién se manifestará el Amor?.

El rey y la reina han vislumbrado su presencia en el baldaquín de Salomón y en el encuentro amoroso.

Los muchachos aún no han llegado a la meta de su itinerario, la mujer herida por el Amor lo ha buscado hasta la pesadilla y ha suspirado por él.

Ahora se presenta la divinidad “el Amor” (“Ésta” en la traducción), viniendo del Líbano tal vez, si atendemos cierta tradición textual.

Se presenta en el origen de la vida: allí donde nuestra madre nos concibió para la muerte (Genesis 3, 16a.19).

En contra de Proverbios 8, 22-31, el Amor, no la Sabiduría, está presente y actuante desde el primer instante de la creación.

El Amor ocupa el lugar del “Shemá” (Deuteronomio 11,8), cuyas palabras han de grabarse en el corazón y ser atadas a la mano (Deuteronomio 6, 5.8).

El Amor, como la nueva alianza, ha de estar inscrito en el corazón, según Jeremías 31, 33 (Hebreos 10,16).

Esta grabación es un memorial perenne. Si la mujer mira sus brazos, verá el tatuaje del Amor. La Amada y el Amor se fusionan en un abrazo íntimo y total.

El Amor trae consigo la vida y la inmortalidad: vence a la muerte, en contra de lo que piensa (Eclesiástico 9, 6.10).

Ahora sabemos que el Amor recurrió a sus flechas para herir a la mujer: son dardos divinos, llamaradas divinas.

Ni las aguas profundas de la muerte podrán apagar las llamas del amor (Isaías 42, 3). El Amor, finalmente, ni se compra ni se vende, es pura gratuidad.

Versos del 8 al 10

La hermana pequeña. La hermanita pequeñita es protegida por sus hermanos, quieren que llegue a la edad núbil en las mejores condiciones.

Las almenas refuerzan la defensa de los torreones. Las puertas bien cerradas y trancadas impiden la entrada en la ciudad.

Esta canción bien puede referirse a Jerusalén, ciudad amurallada y con las puertas cerradas.

Versos del 11 al 12

La viña de Salomón. El tema de la viña, con su doble acepción, relaciona este epigrama con el segundo de Cantares 1, 5-6.

Existe una viña, que es el pueblo de Dios, que ha sido arrendada a los guardias. Sabemos quiénes son los guardias, los sacerdotes del Templo como se aprecia aún en el Nuevo Testamento (Mateo 21, 45; Marcos 12, 12; Lucas 20, 19).

Al frente de ellos está Salomón (el sumo sacerdote). La casa de Dios (el templo) ha degenerado y se ha convertido en la “Casa de Amón” (Betleamon, de acuerdo algunos manuscritos y traducciones antiguas).

Es un nombre escandaloso. No menos escandaloso resulta que en el interior del templo se encuentre una viña, con la acepción eufemística que tiene.

¿Es una denuncia de la prostitución sagrada? La cuantiosa suma exigida a los arrendatarios es un tercer escándalo, frente a este cúmulo de escándalos se eleva desafiante la voz de quien proclama, “Mi propia viña es para mí”.

Es la misma designación de la viña que leíamos en Cantares 1, 6, la que no supo guardar la muchacha, la posesión de esta viña no tiene precio.

Si Salomón exige mil monedas por el arrendamiento de la viña, mil sean para él y que añada otras doscientas para los guardias.

Acaso esta acerba crítica del sacerdocio jerosolimitano fue una de las razones que obligaron a “interpretar” el Cantar antes de ser un libro bíblico.

Versos del 13 al 14

Encuentro final. El Cantar se abría con un abrazo y se cierra con otro, una vez más en el exterior (en el jardín), la joven hizo una promesa en Cantares 7,14.

Es el momento de cumplirla. El joven, por su parte, anhelaba escuchar la voz de la muchacha ya desde el primer idilio (Cantares 2,8-17).

En esta última canción del Cantar insiste en su deseo: “permíteme escuchar tu voz”. Antes advierte a la mujer yaciente cómo “los compañeros están al acecho”.

Así son los custodios de Israel, como los viejos cuya conducta denuncia Daniel 13, 57: lascivos además de venales. La joven toma la palabra e invita al joven no a que huya, sino a que “pase”: que sea como un gamo o como un cervatillo sobre las colinas de balsameras (Cantares 1, 17).

Se consuma la unión y Amor no ha aparecido a lo largo del itinerario de la joven amante. La presencia de los jóvenes, sin embargo, ha sido el marco para criticar enérgicamente a la clase dirigente del país.

El Cantar más allá del erotismo, que lo tiene es una celebración del amor concreto y encarnado entre un hombre y una mujer.

Responde a una pregunta: ¿Dónde está el Amor? ¿Cómo llegar al Amor? a través del camino de la Sabiduría como proclaman Proverbios, Eclesiastés y Eclesiástico.

No puede ser de otro modo, si Dios es Amor. Quien ama, ése ha visto a Dios.

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